sábado, 7 de marzo de 2009

Por una educación que nos libere de las verdades del rebaño

Es obvio que no somos iguales, que nadie es igual a otro, que cada uno tiene unas capacidades más desarrolladas que otras, y que, además, éstas pueden desarrollarse mucho más. Es obvio, por otra parte, que las sociedades avanzan por el impulso de sus gentes y, sobre todo, de sus líderes. Por ello es tan importante debatir sobre el sistema educativo, sobre el modo en que una sociedad contribuye a que cada persona desarrolle al máximo posible sus capacidades.

Cuando hablamos de la educación pensamos que la responsabilidad es, básicamente, de los padres y los profesores, porque son los que están en contacto directo con los niños; sin embargo, la de los Gobiernos es enorme, porque son ellos los que diseñan, financian y, en definitiva, imponen, el modelo específico de educación que se ha de impartir en las escuelas. Y eso por no mencionar su papel en la perpetuación del modelo ideológico que subyace en la multitud de mensajes que se les transmite a los niños a diario. Pero, de una u otra forma, al final todos somos responsables del modo en que se forman los niños, porque somos todos los que influimos en la creación de sus ideas y opiniones, y en la formación de sus actitudes y comportamientos.

El objetivo de un sistema educativo que priorizara lo que realmente interesa al niño, debería ser que cada uno desarrollara su propia capacidad para ir descubriendo, progresivamente, porciones más amplias de la realidad. Para ello, el modelo de enseñanza que se necesitaría tendría que empezar por estimular el interés de los niños por convertirse en investigadores, en exploradores, de la realidad. Eso requeriría que todos partiéramos de la base de que la realidad es mucho más amplia de lo que sabemos o, incluso, de lo que percibimos. Habría que asumir que, del mismo modo que sería una estupidez que las hormigas pontificaran, desde su pequeñez, sobre la inmensidad del mundo, también lo sería que nosotros hiciéramos otro tanto, imponiendo a los niños una visión de la realidad llena de verdades hechas a nuestra medida. Deberíamos enseñarles que es más importante buscar sobre lo que no sabemos que recrearse, y conformarse, con lo que ya creemos sabido. Que, incluso, hay que aprender a cuestionar los fundamentos de lo que se da por sabido, a revisar las hipótesis de partida. Que hay que aprovechar, en definitiva, el afán de los niños en preguntar “por qué” a todo.

También es importante enseñar a los niños que su búsqueda de la verdad no debe someterse a lo que opine la mayoría, solo porque lo sea, y a confiar en sus propias ideas cuando éstas les parezcan más consistentes. Pero que es igualmente importante aprender a relativizar las ideas que hoy tenemos, sabiendo que toda verdad podrá dejar de serlo a medida que vayamos descubriendo nuevos aspectos de la realidad; que la búsqueda de la verdad es un proceso permanente que se va enriqueciendo a medida que vamos creciendo en el desarrollo de nuestras propias capacidades personales. Que nuestra propia realidad individual no tiene por qué acabar donde nos indican nuestros sentidos, y que, por el contrario, es muy probable que si tuviéramos mucho más desarrollados nuestros sentidos percibiéramos que nuestra realidad como personas llega mucho más lejos de lo que creemos. Y que, naturalmente, el desarrollo que importa no es el que se mide en comparación con los demás sino el que se compara consigo mismo, con las propias posibilidades.

Una educación así contribuiría a que las personas tengan mayor capacidad para concebir iniciativas distintas de las habituales y para llevarlas a la práctica. Y eso, desde luego, redundaría en beneficio de la renovación científica, cultural, empresarial y política. Redundaría en beneficio de la dinamización social y dotaría a la sociedad de mejores recursos para afrontar sus crisis y para construir su futuro con confianza.

Ahora bien, una educación de este tipo solo es posible si los Ministerios de Educación renunciasen a la homogeneización y al adoctrinamiento. La homogeneización es inherente a los programas que aprueban para todos los centros educativos, a los libros de texto que definen lo que hay que saber, a las pruebas de evaluación que castigan a quien no se somete a esa disciplina. Y nada de eso tiene en cuenta las circunstancias específicas de cada niño, sino que es consecuencia de haber decidido tratar a los niños como si, en cada edad, todos tuvieran que ser iguales, cuando sabemos de sobra que los ritmos de desarrollo de cada uno son distintos. El adoctrinamiento es propio de un modelo de enseñanza que empapa los contenidos docentes de dogmas y verdades que, cuando no se presentan como únicas, a lo sumo reconocen la existencia de una o dos visiones alternativas. Y en ello colaboramos tanto los profesores como los padres, al convertirnos en transmisores de alguna de las dos o tres visiones alternativas que, usualmente, se consolidan en el pensamiento comúnmente aceptado. ¡Como si la realidad, en su inmensa complejidad, solo se pudiera circunscribir a esas dos o tres visiones aceptadas oficialmente!

Naturalmente, una educación como la que propongo solo es posible si todos, incluidos padres y profesores, nos considerásemos a nosotros mismos ignorantes y en permanente proceso de aprendizaje, de ampliación de nuestros horizontes. El problema es que los adultos nos creemos que hemos alcanzado la cima de nuestro desarrollo, que nos hemos completado como personas y que, como mucho, solo nos queda aprender a sobrevivir mejor en este mundo tan complicado. Pero, si no partimos de la base de que, en cierto modo, nosotros también somos niños en proceso de formación, que lo que nos queda por recorrer es una inmensidad, sin una autoexigencia por profundizar en la realidad, por descubrir nuevas capas y matices en las verdades inamovibles, por liberarnos de dogmas, valores o esquemas conceptuales, es prácticamente imposible que les enseñemos a los niños otra cosa que no sea lo que nosotros ya hemos asumido como definitivo. De este modo, somos nosotros, como adultos, los que actuamos como vanguardia colonizadora para moldear la visión que pueden tener del mundo los niños, de acuerdo con aquella de las dos o tres verdades alternativas, oficialmente reconocidas, a la que hemos decidido suscribirnos.

Así, todos colaboramos en hacerles creer a los niños cosas tan elementales como que, por ejemplo, las fronteras nacionales son un invento cuasi divino para protegernos en el disfrute de nuestros privilegios frente a la “amenaza” de los que nacieron fuera de ellas; o para hacerles creer que ocho siglos de guerras civiles entre caciques regionales de lo que hoy es España, fue una santa reconquista por parte de quienes se atribuían el favor de un dios verdadero; o para hacerles elegir entre una extraña versión bíblica sobre el origen del Universo y una, aún más extraña, versión científica que habla de un Big Bang; o para hacerles creer que los planetas del sistema solar son unos determinados, cuando los astrónomos ni siquiera se han puesto de acuerdo en qué es un planeta; o para hacerles tomar partido por alguna de las dos teorías oficiales sobre el origen del ser humano, cuando todavía nadie ha sido capaz de definir qué es un ser humano; o para hacerles creer que nuestro desarrollo “espiritual” no tiene nada que ver con nuestra naturaleza y solo se justifica por el entreguismo a una determinada doctrina religiosa. Y así, podríamos seguir y seguir.

¿Cuándo seremos capaces todos, científicos, políticos, profesores, padres, de reconocer que no sabemos muchas de las cosas que afirmamos? ¿Cuándo estaremos dispuestos a sacudirnos la pereza y a vencer el miedo que adoctrina y amuralla nuestro cerebro, a costa del desarrollo de nuestra libertad? ¿Cuándo nos decidiremos a abandonar la seguridad del rebaño, para emprender nuestra propia aventura? Mientras tanto, ¿qué inculcamos a los niños, su propio desarrollo o su sometimiento a las “verdades” del redil?

domingo, 15 de febrero de 2009

¿Es Obama o somos nosotros, que estamos hambrientos?

Lo que está pasando con Obama es digno de un estudio
sociológico. La ilusión que se ha desatado en torno a él va mucho más allá de lo que se podría justificar por lo que ha dicho o hecho. Es natural que su llegada a la presidencia de la nación más poderosa, prometiendo esos cambios que le suenan bien a todo el mundo, despierte optimismo. Pero, esta especie de "obamanía" responde también a otras claves.


Para empezar la crisis. Hace años que se viene larvando una crisis global en la sociedad occidental. Yo la resumiría diciendo que vemos el futuro cada vez con más preocupación y con menos ilusión, y paralelamente nos estamos quedando sin referentes, de modo que cada vez estamos más desorientados y más a la defensiva. Si a eso le agregamos la virulenta crisis económica que se ha desencadenado en cuestión de meses, haciendo tambalear el sistema financiero mundial y, de paso, nuestro modelo económico, a nadie le debe extrañar que la gente esté inquieta y con miedo. Lo normal, en estas circunstancias, es pedir a nuestros gobernantes respuestas y soluciones. Y, al hacerlo, ¿con qué nos encontramos? Con grisura, "cortoplacismo" y ausencia de ideas por todas partes.


A cada uno se le ocurre un tipo de "solución" a la crisis económica que, al poco tiempo, es reformulada con nuevas medidas que nos hacen sospechar que ni unos ni otros saben lo que hay que hacer. Si hablamos del resto de los ámbitos que afectan a nuestra sociedad, ya sea la educación y la cultura, la emigración, el medio ambiente, las relaciones internacionales o el sistema político (por no extendernos a todo lo que nos afecta en un plano más personal), lo que vemos es una alarmante falta de visión a largo plazo, con exceso de improvisación y escasez de rigor en los análisis, unido a una auténtica obsesión por los titulares de prensa. No vemos gobernantes capaces de estar a la altura de los desafíos a los que se enfrenta la humanidad, y naturalmente eso hace que se añore la llegada de alguien capaz de sacarnos del hoyo y de imprimir un cambio de timón realmente histórico e ilusionante. En mi opinión, por tanto, el fervor por Obama se explica, principalmente, por la desconfianza que nos producen los demás dirigentes políticos.


La pregunta que nos deberíamos hacer, entonces, es obvia: ¿por qué no surgen el tipo de líderes políticos que realmente necesitamos? ¿Qué es lo que lo impide?


Empecemos por echar un vistazo a nuestro sistema político. A mí me parece evidente que el modelo de democracia que tenemos hace aguas. Fallan varias cosas, pero me voy a centrar en una, en particular: las reglas del juego, en España y en la mayoría de los demás países, hacen muy difícil que surjan políticos adecuados, personas capaces de hacer el tipo de política que se necesita. Esa dificultad está relacionada, por una parte, con la forma de selección de los candidatos que practican los partidos. Al primar la disciplina y la obediencia, quedan excluidos todos aquellos que, por sus diferentes ideas u opiniones, puedan debiltar a quienes ejercen el poder al frente de cada partido. Por otra parte, el modelo de financiación vigente impide la aparición de nuevos partidos o candidatos. Como el Estado y los bancos solo financian a los partidos existentes, salvo que hubiera una potente financiación privada detrás nadie podrá lanzar un partido nuevo, y aún así habría que demostrar la "limpieza de intereses" de los donantes. Es curioso que apenas nadie pregunte en público por qué es tan excepcional que un desconocido como Obama pueda llegar a ser presidente de los Estados Unidos, y por qué es todavía más difícil que eso mismo suceda en Europa. Finalmente, también habría mucho que hablar de la tendenciosidad de los grandes medios de comunicación, y de su responsabilidad en la falta de debates auténticamente clarificadores para los ciudadanos.




En definitiva, aunque la política sea un asunto que nos afecta a todos, las reglas del juego diseñadas y sostenidas por quienes tienen, o esperan tener, el poder, dejan fuera a la inmensa mayoría de quienes podrían estar dispuestos a trabajar políticamente por el interés general. En los manuales de economía dicen que no hay libre mercado si no hay libertad de concurrencia y de competencia; puestos a calificar nuestro modelo político, hablarían de un oligopolio. Nadie puede decir, por tanto, que nos estén gobernando los mejores, o los más capacitados, de nuestra sociedad.


No obstante, supongamos que todas esas dificultades se hubieran resuelto, de manera que ya nada impidiera que todo aquél que quisiera llegar a ser Presidente del Gobierno pudiera salir a la palestra y dispusiera de los medios necesarios para exponer ampliamente sus ideas. ¿Qué pasaría entonces? Suponiendo que surgieran candidatos con propuestas realmente interesantes y diferentes de las ya conocidas, su elección dependería de que la mayoría de los votantes tuviéramos la capacidad necesaria para valorarlas y contrastarlas con las del resto. Para ello haría falta que, previamente, dispusiéramos de la información necesaria y, sobre todo, de la formación adecuada para asimilar e interpretar esa información. Es decir, sería necesario que hubiéramos desarrollado una capacidad de análisis crítico hacia las verdades oficiales y todas aquellas que huelen a "pensamiento único", para distinguir lo que puede haber de cierto y de falso en ellas, acompañado con una capacidad creativa de búsqueda de opciones alternativas. Pero, ¿tenemos esa formación, esa capacidad de análisis y de creatividad? A mí me parece obvio que no. Desde luego, si la tuviéramos no estaríamos ahora cayéndonos del guindo con la crisis financiera que tan bruscamente ha destruido la placidez en la que vivíamos. Y es en esta cuestión donde reside, en mi opinión, gran parte del problema que estamos analizando.

Parte de la responsabilidad, sobre la escasa capacidad que tenemos en este aspecto, la tienen el sistema educativo y los medios de comunicación. Pero, desde luego, gran parte de esa responsabilidad es nuestra, de cada uno, porque la inmensa mayoría de nosotros tampoco ponemos interés en capacitarnos para poder pensar por nosotros mismos, más allá de lo que nos quieran hacer creer las estructuras de poder. Aunque no nos guste reconocerlo, para muchos resulta muy cómodo (¡y hasta reconfortante!) ir en medio del rebaño, bien a resguardo, delegando la responsabilidad de decidir hacia dónde vamos, en los que van en cabeza. Sin embargo, no es posible que nuestra sociedad sea capaz de concebir y emprender cambios importantes si una porción significativa de quienes la integramos no hacemos otro tanto en nuestra esfera personal. ¿Qué transformación política o social puede haber si, paralelamente, en nuestra propia vida, nos dedicamos a cultivar la pereza, el conformismo y, en definitiva, el miedo a los cambios? Si a cada cual, en su esfera personal, lo que más le interesa es su propia supervivencia económica, su salud y que alguien le quiera, no debe extrañarnos que los políticos se limiten, básicamente, a intentar perpetuar lo que hay.
Si nos creemos que, como individuos y como sociedad, ya hemos llegado al tope de nuestras posibilidades, no tendremos otra opción que jugar a la defensiva, a proteger y conservar lo que hemos conseguido y, por tanto, a ver el futuro con miedo. Si, por el contrario, nos considerásemos un proyecto en construcción, lejos de habernos terminado y completado, adoptaríamos una actitud mucho más aventurera y pondríamos nuestro empeño en investigar e identificar todos aquellos aspectos de nuestro funcionamiento que nos impiden ser más felices, y en intentar cambiarlos.

Tomemos como ejemplo nuestra noción de la libertad. Es casi un dogma político que la democracia se basa en la defensa de las libertades personales. Creer, sin embargo, que nuestro margen de libertad solo depende de que haya unas cuantas leyes que la protejan, obviando todos aquellos aspectos que condicionan y limitan nuestra forma de pensar y de interpretar la realidad, es analizar las cosas de modo muy superficial. Es evidente que cuanto más nos sometamos a las normas y doctrinas de todo tipo que nos rodean, ya sean sociales, morales, religiosas, culturales o científicas, menor será nuestro propio margen de libertad para crear y construir nuestra visión de la vida. ¿Qué margen de libertad nos queda si, previamente, nos hemos alineado y entregado a lo que piensa la mayoría de la sociedad? Seremos uno más pero no seremos nosotros mismos. Debería resultar muy sospechoso, y motivo de profunda inquietud, ver tanta coincidencia en las ideas, actitudes y comportamientos, como se ven en nuestra sociedad. ¿No es sumamente paradójico que un sistema político, como la democracia, que tiene a gala velar por la libertad individual de pensamiento, genere tal grado de uniformidad intelectual? Yo no creo que eso sea ni natural ni casual.



Pues bien, en mi opinión, para conseguir que nuestras sociedades evolucionen y avancen en un proceso de perfeccionamiento progresivo, es imprescindible promover a fondo la libertad de pensamiento. Y para ello es necesario estimular, por todos los medios, la creatividad y la capacidad de producir ideas distintas de las ya conocidas. Pero, desde luego, un objetivo como este requeriría una revisión radical de nuestro sistema educativo. Y el resultado sería una sociedad mucho más diversa y dinámica, con mayor capacidad para crear propuestas alternativas y para ver con mayor claridad por dónde hay que ir y, por ello, con menos miedos y más confianza en sí misma y en sus propios recursos. Daría como resultado, en resumen, una sociedad más potente, con menos sentimiento de orfandad y con menos "hambre" de Obamas.


















sábado, 24 de enero de 2009

Porqué no pienso donar mis órganos

Hace unos días la prensa y la televisión contaban que España es el país donde más donantes de órganos hay en todo el mundo. La noticia se planteaba con la satisfacción de mostrar un aspecto en el que los españoles destacamos por nuestra generosidad y solidaridad. Sin embargo, más allá de los beneficios evidentes para quienes reciben un órgano, hay ciertos aspectos en este tema que, en mi opinión, son preocupantes.

Vamos a ver, un órgano que se va a trasplantar solo sirve si está vivo, porque, de lo contrario, no funcionaría. Y, sin embargo, se supone que, a quien se lo quitan ya está muerto. Ahí surge mi primera inquietud: ¿Puede una persona estar muerta y, al mismo tiempo, mantener vivos algunos de sus órganos más importantes? Y si hay órganos importantes vivos, ¿cómo se sabe que la persona está muerta? Más aún: ¿Cómo se sabe cuando una persona está muerta irreversiblemente? ¿Realmente, en qué consiste eso de “estar vivo”?

Ya sé que, normalmente, cuando una persona está viva, hay una serie de aspectos de su funcionamiento biológico que pueden ser medidos y que, en base a ello, los médicos toman sus decisiones. Creo que a eso se refieren cuando hablan de las “constantes vitales”. Sin embargo, también sabemos que hay muchos aspectos del funcionamiento de nuestra vida que la ciencia sigue, en gran medida, ignorando. Así, por ejemplo, cuando los científicos hablan de los principales atributos que tenemos los seres humanos, suelen referirse a la consciencia como el más importante y, sin embargo, apenas se sabe nada sobre ella. No es que lo diga yo, es que hay un montón de literatura científica que lo reconoce así. Ni se sabe lo qué es, ni en dónde está. Y, sobre su funcionamiento, es muy poco lo que se sabe, incluso en sus manifestaciones más habituales. Por tanto, es muy posible que pueda haber otros “niveles” de su funcionamiento que estén pasando completamente desapercibidos a nuestros médicos. Con este estado de conocimiento de la ciencia nadie se puede creer que los médicos estén en condiciones de saber cuál es la utilidad real de la consciencia y a partir de qué momento ha dejado de ser “útil”. Vistas así las cosas, yo no me creo que las mediciones que suministra la tecnología médica sobre este aspecto de sus pacientes puedan reflejar adecuadamente la realidad de lo que está pasando.

Entonces, si los científicos le reconocen a la consciencia ese “protagonismo”, ¿cómo se puede asegurar que una persona ha dejado de estar viva si apenas se sabe nada sobre lo que le está sucediendo a ese nivel, sobre si la ha perdido irreversiblemente o si, incluso, puede volver a reactivarse? Y, desde luego, historias clínicas serias, y bien documentadas, de personas dadas por clínicamente muertas y luego recuperadas, las hay por todas partes.

Esto es fundamental para lo que hablamos. Porque, aunque se suela relacionar a la consciencia con el funcionamiento cerebral, no se puede descartar que tenga conexiones importantes con el resto de nuestros órganos. Incluso, a nadie se le ocurriría ahora decir que el cerebro es una maquinaria aislada del resto de los órganos que tenemos y, en general, de todo nuestro funcionamiento biológico. Por tanto, no creo que sea exagerado plantear que el funcionamiento de nuestra consciencia debe tener, en principio, múltiples relaciones con todos nuestros órganos, ya sea directa o indirectamente.

El problema, además, es que si no se sabe en qué consiste la consciencia, tampoco se puede saber qué incluye ese concepto ni qué consecuencias tiene pasarlo por alto. Por ejemplo, si es lo que más nos define como seres humanos, ¿se puede descartar, así, sin más, que ese alma del que tanto hablan las religiones sea una realidad asociada, de alguna manera, a esa consciencia? ¿No podría suceder que todo lo que pudiera haber asociado a esa especie de “caja misteriosa” que llamamos consciencia tuvieran cosas importantes que hacer en los estados de aparente inactividad biológica que los médicos asocian con la muerte? Y, llegados a este punto, me surge también el tema de la muerte.

Es obvio que la ciencia no tiene ni idea de qué es lo que sucede tras la muerte. No lo sabe nadie. Pese a ello, hay quienes aseguran que no pasa nada, que simplemente desaparecemos, y hay quienes creen que pasan muchas cosas, que incluso hay otro tipo de existencia. Pero lo que es seguro es que, desde el punto de vista científico, no se sabe nada. Y, ante la ignorancia, lo más lógico es dejar todas las opciones abiertas, respetar cualquier hipótesis y no decidir por ninguna en particular. En cualquier caso, ante un hecho tan singular como la muerte, ¿quién puede descartar que los seres humanos necesitemos tener nuestro propio “proceso de preparación” que nos ayude a morir bien y en el cual, nuestra consciencia, al nivel que sea, juegue un papel esencial? En ese caso, la interrupción artificial de la vida de una persona podría tener consecuencias graves para su “situación” tras la muerte.

Viéndolo desde esta perspectiva, a mí me alarma comprobar con qué facilidad despachamos ese tipo de cosas que están tan estrechamente ligadas con la vida y con lo que nos hace humanos. Da la impresión de que, cuando nos hemos acostumbrados a las ventajas sociales que una determinada práctica médica genera, ya no queremos indagar más. Pero no querer saber no exime a nadie de responsabilidad.

Por todo esto, mientras no se aclaren estas cuestiones, yo no pienso donar mis órganos.

lunes, 5 de enero de 2009

¿Y qué culpa tiene Bolonia de nuestra incultura?

Sin que se sepa bien por qué, la juventud de Grecia se ha lanzado a la revuelta, y se teme que el contagio se extienda a España, Francia e Italia.
Los entendidos dicen que es porque están contra el proceso de Bolonia y contra la supresión de la formación humanística y la "mercantilización" de la enseñanza universitaria; que están contra los sueldos mileuristas que les esperan y contra los precios disparatados de los pisos; en definitiva, que están hartos de un sistema social que les ofrece un futuro desalentador.


No tengo yo tan claro que el proceso de Bolonia, por el cual se pretende "armonizar" las titulaciones universitarias en Europa, implique todo eso, pero desde luego a mí también me parecería una barbaridad que se suprimiera la formación humanística. Claro que, primero, nos tendríamos que poner de acuerdo en lo que entendemos por formación "humanística". Si esa que pretenden proteger los de la protesta anti-Bolonia es la que consiste, por poner algún ejemplo, en que nos aprendamos la Prehistoria como una verdad incuestionable, inamovible hasta que los gurús académicos tengan a bien introducir el enésimo cambio (demostrando, dicho sea de paso, la falsedad de la verdad vigente hasta ese momento); o en que estudiemos Filosofía para conformarnos con saber lo que pensaron las gentes ilustradas del pasado, pero sin enseñarnos a aportar nuevas ideas al presente. Es decir, si hablamos de una formación que nos limita a convertirnos en almacenes de datos para luego repetirlos como simples papagayos, a mi no me importaría tanto que se la cargasen. Porque, planteado así, que es como yo creo que está concebida, en gran medida, la formación humanística, no sólo nos sirve para bien poco sino que, además, tapona, impide avanzar hacia el tipo de formación que de verdad necesitamos.


A mí no me cabe duda de que, mientras nuestra sociedad se siga basando en un modelo en el que la economía tenga que crecer continuamente y en el que, para ello, sea necesario que vayamos teniendo más empresas con alto nivel tecnológico y con una capacidad competitiva creciente, seguiremos necesitando que haya más técnicos y mejor preparados. Pero, en mi opinión, además de una buena formación científica y tecnológica, necesitamos que a la gente se la forme también para que sean capaces de analizar críticamente las situaciones que les rodean; para que sean profunda y valientemente creativos; para que tengan el espíritu de aventura, de transformación de la realidad, de asumir riesgos, que les anime a construir alternativas y a impulsar cambios constantes, no solo en el mundo de la empresa sino también en todos los ámbitos de nuestra sociedad; es decir, para que sean capaces de ver, de distinguir, hacía dónde debería caminar la sociedad y de sentirse dispuestos a trabajar en ello. Gente, en definitiva, de la que puedan llegar a salir esas elites intelectuales y dirigentes que cualquier sociedad necesita para avanzar.


Por cierto, ¿alguien sabe dónde están las elites intelectuales y culturales capaces de compararse con aquellas que hubo en España, sin ir más lejos, allá por los años 20 ó 30 del siglo XX? ¿Acaso creemos que se están formando en nuestras universidades, en esas universidades que tanto protegemos? ¿Acaso creemos que, por el simple hecho de multiplicar los presupuestos de las universidades, tendremos más y mejores de esas elites?


Yo, la verdad, no veo ninguna preocupación por dar este tipo de formación a nuestra juventud. No veo a nadie que salga a la calle reclamándolo. Pero, lo que es aún peor, creo que, en el fondo, a las estructuras dirigentes, públicas o privadas, al poder, en definitiva, no le interesa que haya mucha gente capaz de decirle, con argumentos sólidos y bien fundamentados, que por aquí vamos mal, que habría que enfocar las cosas de un modo muy distinto. Que el modelo de sociedad hacia el que deberíamos avanzar tendría, entre otras muchas cosas, que estimularnos a ir sustituyendo nuestro inmovilismo, nuestros tics defensivos, nuestros miedos, en resumidas cuentas, por el afán de aventura, de búsqueda de nuevas verdades, por relativas y siempre provisionales que éstas fueran. Que tendría que ayudarnos (o, al menos, no ponernos trabas) a desarrollar activamente las capacidades que todos tenemos, tanto las que vislumbramos como las que incluso ignoramos, en lugar de que creernos que cada uno de nosotros sólo es como está, y que a duras penas podemos cambiar. Que tendría que animarnos a ir reemplazando nuestro individualismo egocéntrico por actitudes de generosidad, de solidaridad y de afecto por nuestros semejantes, que ayuden a entender que no hay soluciones si éstas no incluyen a todos.


Y en cuanto a la juventud que protesta por las calles, ¿es que quieren, realmente, salir de las cuatro cositas que les interesan en la vida? Si les dieran trabajo bien remunerado y piso gratis, ¿se les acabaría la angustia? ¿Les preocupa ampliar sus horizontes vitales, descubrir que la vida les ofrece más posibilidades, y mucho más interesantes, de lo que aparenta la cotidianidad en la que chapotean a diario? ¿Buscan, acaso, alguna fórmula que les impulse a descubrir toda la realidad que se oculta tras la superficialidad en que se ha instalado nuestra sociedad? ¿O solo buscan instalarse confortablemente en esa superficialidad, mimetizando las mismas actitudes miopes que hemos tenido quienes les hemos precedido en el tiempo?


Para mí está claro que éste no es solo un problema de la juventud, sino que nos afecta a la gente de todas las edades. Y es un problema grave, porque cuando descubrimos, al cabo de no sé cuántos años, que nuestra vida es un aburrimiento, que básicamente es una repetición de lo mismo, ¿qué hacemos, entonces? ¿Ir más veces a pasar la tarde al centro comercial, a cenar al restaurante de moda, a ver la última película americana, a hacer el turista por ahí, o qué hacemos?


La actitud con la que cada cual enfoque su vida es cosa de cada uno y depende, fundamentalmente, de uno mismo; pero la educación, sí podría servir para aprender a investigar, a hacerse preguntas y a explorar en sus respuestas lo que se esconde tras las apariencias; en fin, a buscar en lugar de tragar y aceptar, mansamente, todo lo que nos cuentan. Con una educación así, tendríamos muchos más buscadores e innovadores, y muchos menos aburridos y resignados, y eso es lo que necesitamos.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Obama, la gran esperanza... ¿de qué?

Los días siguientes a las elecciones del pasado 4 de noviembre los comentaristas coincidían en valorar como un acontecimiento histórico la elección de Obama. Para muchos era como la realización de un sueño. Y no solo por el color de su piel, sino porque encarna la esperanza de que su mandato suponga un auténtico cambio en la política de los Estados Unidos. A Obama, en definitiva, se le ha configurado como un símbolo de cambio.


Pero, ¿de qué clase de cambio? Desde luego, todo el mundo espera que sea capaz de enderezar la economía tras la enorme crisis financiera que se ha desencadenado. Y, por otra parte, se confía en que sustituya la política militarista de Bush por otra más basada en la cooperación y el diálogo con el resto del mundo. Ambas cosas son muy importantes. Para todos es crucial que las resuelva bien. Pero, ¿es eso todo lo que se espera de Obama? Obviamente, no. De él se espera más, aunque no esté claramente definido el qué. La aureola, casi mítica, con la que ha sido elegido, parece apuntar más bien a la ancestral esperanza de hacer que este mundo sea más justo y habitable. Se supone que cuando sus medio paisanos de Kenia festejaban su elección era porque confían en que sus vidas mejorarán con él al frente de los Estados Unidos. Por tanto, lo que muchos esperan de él es que sea capaz de lograr un cambio histórico. Por eso, quizás sea este el momento de definir en qué debería consistir ese cambio.


Cuando ya apenas quedan ideologías capaces de teorizar sobre ello de modo convincente, ¿alguien sabe darle forma al futuro con el que sueña la humanidad? ¿Acaso la humanidad sueña con algún modelo de sociedad distinto del actual? Es posible que no, pero eso no significa que la gente esté satisfecha. Por ello, por el deseo de hacer evolucionar este modelo de sociedad hacia algo mejor, es por lo que, en mi opinión, se han depositado tantas esperanzas en Obama. Y él tiene la responsabilidad de intentar esa aventura. De andar y de hacer el camino al andar, como decía el poeta.


Por otra parte, tampoco es tan difícil imaginar por dónde habría que avanzar. La eliminación de la pobreza, del hambre, de las enfermedades, del analfabetismo... son objetivos que están ahí desde siempre, que claman por una acción política decidida. Son los objetivos que garantizarían la supervivencia. Pero, para aquellas áreas del mundo que, prácticamente, ya han resuelto esa situación, ¿es suficiente con eso? ¿No es necesario abordar otro tipo de cambios? Si nos pusiéramos a soñar con una sociedad mejor, ¿qué les pediríamos a nuestros gobernantes? Por ejemplo, ¿no podríamos analizar qué cosas tendrían que cambiar para reducir los actuales niveles de frustración, de insatisfacción, de desamor o como se le quiera llamar? No es tan difícil. Bastaría, por ejemplo, con examinar por qué en nuestro mundo desarrollado, en el tipo de sociedad que toman como modelo los países que ansían salir de la pobreza, en esto que llamamos la "sociedad del bienestar", el consumo de drogas no cesa de aumentar, o por qué el estrés, el recurso a los antidepresivos y a los psicólogos es cada vez mayor; o por qué el índice de suicidios es mucho mayor justamente en los países con mayor "bienestar". Ya sé que un cambio de esta naturaleza excede con mucho a las posibilidades de una persona, por muy poderosa que ésta sea. Ya sé que un cambio así requiere implicar a toda la sociedad, incluso a todo el mundo. Pero, el Presidente de los Estados Unidos sí podría liderar el proceso que impulsara ese cambio.


¿Por qué los líderes de los países más avanzados no impulsan un proceso como éste? ¿Por qué no proponen medidas políticas que ayuden a las personas a sentirse más satisfechas con su vida? Quizás ni siquiera sepan cómo hacerlo. ¿Y los demás? ¿Sabemos qué hay que hacer? ¿Sabemos, acaso, concretar qué esperamos de nuestros gobernantes, qué querríamos que hicieran para que nos sintiéramos ilusionados con su forma de gobernarnos? ¿Sabemos qué nos gustaría que cambiara de la sociedad en la que vivimos? ¿Somos capaces de soñar cómo debería ser un mundo en el que la afectividad, la solidaridad y la generosidad, no se vieran supeditadas y marginadas por la competitividad y la mercantilización? Un mundo en el que, por ejemplo, se promoviese el desarrollo de las potencialidades que cada uno de nosotros llevamos dentro, en lugar de imponer un darwinismo social que deja a legiones de "fracasados" en la cuneta; en el que no hubiese lugar para el pensamiento único y dominante porque las nuevas ideas fueran recibidas como factores de estímulo creativo y de liberación, en el que se potenciase la diversidad en lugar de la homogeneización, en el que quienes tienen el poder no impusieran a los demás sus doctrinas y credos.


Se dirá que todo esto es pura utopía, que está fuera del alcance de los políticos. Pero, esa no es la cuestión. En el fondo, lo que se está planteando es si nos tenemos que resignar a que este modelo de sociedad sea el máximo al que la humanidad puede aspirar, para el resto de su historia, o si, por el contrario, podemos aspirar a construir nuevos modelos que nos permitan seguir avanzando hacia un mundo progresivamente mejor. Si es lo segundo, entonces no cabe duda de que serán necesarios muchos cambios, pero, para empezar, es fundamental que salgamos de ese aletargamiento, entre resignado y conformista, en el que nos hemos instalado (haciéndonos, por cierto, cómplices de la situación) y señalemos todo aquello que no nos gusta de nuestra sociedad y que creemos que debería cambiar. La rebeldía intelectual, la crítica y la transgresión ante las innumerables verdades y bondades convenidas es una condición necesaria para avanzar hacia algo que, si queremos que sea realmente mejor que lo que tenemos, tendrá que ser realmente distinto. El miedo al cambio, a perder algunas de nuestras ventajas y privilegios, es lo que más se parece a la famosa expresión del "opio del pueblo", con la que los comunistas de principios del siglo XX descalificaban a las religiones. Pues bien, en mi opinión, la religión que más devotos tiene, en la actualidad, la que más merece esa vieja descalificación, es esa que tan bien refleja el dicho español de "más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer". Y si no estamos personalmente dispuestos a cambiar esa actitud, ¿con qué derecho nos declararemos decepcionados con Obama cuando veamos, en los próximos meses o años, que él tampoco ha estado dispuesto a cambiar esa actitud?


21 de diciembre de 2008